No, esto no es un encierro. Es todo lo contrario. Es haber salido, la puerta
se cerró detrás de mí y yo me quedé desnuda en bragas y descalza en la mitad del pasillo esperando que alguien abra desde adentro. Y empiezo a preocuparme, a tiritar, a sentarme en el
felpudo de la puerta para no morirme de frío, a rechazar la taza de
café que ofrece el vecino, el abrigo de un transeúnte. Ni siquiera me animo a espiar por el cerrojo. A veces me pregunto cómo llegué hasta
acá pero la mayoría del tiempo me conformo con el estado de espera
constante, que no me hace feliz pero al menos me preserva sagrada,
cerrada por dentro, segura.
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